Nació en Antofagasta, un 23 de enero en 1937. De extracción popular y formación autodidacta, se ganó la vida en oficios como librero y obrero textil. En 1978 se dio a conocer como autor teatral con “Testimonio de las muertes sobre sabina”. Desde entonces estrenó cerca de cuarenta títulos hasta su fallecimiento en 2016.
Juan Radrigán Rojas nació en Antofagasta el 23 de enero de 1937. Fue el hijo menor de Blanca Rojas Liberona, profesora, y Samuel Radrigán López, mecánico agrícola. Creció junto a sus tres hermanos: Samuel, Blanca y Mercedes Ignacia. A causa de la naturaleza errante del trabajo de su padre, nunca lograron establecerse en un lugar fijo.
“…Le tenía pura bronca al camión. Ella quería lo que quieren todas las mujeres: detenerse en alguna parte, tener una casucha segura, criar hijos y costumbres, echar raíces, pero lo más que alcanzábamos a estar en algún lugar eran dos o tres meses, y vuelta a subir al camión.”
Huinca, El loco y la triste (1985)
Dos años después de su nacimiento el trabajo comenzó a escasear y su padre trabajó en lugares cada vez más lejanos, hasta que un día no pudo volver.
Tras vivir durante dos años junto a su abuelo materno, su madre tomó la decisión de establecerse de manera definitiva en la capital. En este nuevo contexto, Juan Radrigán inició su vínculo con la lectura en un ambiente profundamente marcado por la figura materna. Según sus propias palabras, “aprendió a leer en los tristísimos ojos de su madre”. Cada noche, ella le leía la Biblia como si se tratara de un cuento, convirtiendo ese libro en su primer acercamiento a la lectura y, más adelante, en el primero que leyó por cuenta propia.
Durante su infancia, Juan Radrigán desarrolló un vínculo profundo con la lectura. Leía todo lo que llegaba a sus manos, y cada vez que su madre visitaba la vega, le compraba un libro, obsequio que él consideraba su bien más preciado. “Era como entrar en otro mundo”. Influenciado por aquellas primeras lecturas, comenzó a escribir sus primeros poemas a los 12 años. Sin embargo, marcado por un fuerte pudor, solo permitió que su madre leyera algunos de esos textos. No se conservan registros de esos primeros escritos, ya que él mismo los destruyó con el tiempo.
inició tardíamente su camino a la dramaturgia, pues durante muchos años debió concentrarse en el trabajo para sostener a su familia. Durante quince años se desempeñó como mecánico de telares en las fábricas textiles Yarur y Sumar, gracias a su alfabetización y las enseñanzas que recibió de su madre tuvo un activo rol sindical: presidió el sindicato de obreros. Esta actividad le costó el despido en 1973, en el contexto de persecución política tras el golpe de Estado, debido a sus ideas y militancia.
Frente a la necesidad de subsistir, lo llevó a múltiples trabajos: vendedor, dependiente de tienda, hasta que adquirió un quiosco en la Plaza Almagro, donde se dedicó a la compraventa de libros usados. Este período marcó para él una etapa de particular riqueza intelectual. En sus propias palabras, fue un tiempo tranquilidad intelectual. Se sumergió en la lectura de una amplia variedad de géneros: literatura histórica, mitología, novelas, cuentos y, especialmente, teatro.
Antes de iniciar su camino en la dramaturgia, Juan Radrigán solo había presenciado dos obras teatrales, gracias a las funciones que algunas compañías ofrecían en los barrios. Estas fueron El rey se muere, de Eugène Ionesco, y La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht, autor que, junto con Antón Chéjov, se convertiría en una de sus primeras influencias. A partir de ese primer contacto con el lenguaje escénico, comprendió que escribir teatro no necesariamente requería una extensa investigación, sino que podía construirse a partir de lo que había leído lectura y su propia mirada sobre el mundo. “Yo puse a la izquierda los nombres y a la derecha los diálogos, y de ahí hacia abajo”.
Pie de foto para esta imagen
La inmediatez con que podía abordarse la escritura dramática alentó a Juan Radrigán a finalizar su primera obra: Testimonio sobre las muertes de Sabina. Con gran timidez, se la mostró a Tennyson Ferrada, uno de sus compradores habituales en el quiosco de libros pidiéndole una opinión honesta sobre si el texto “servía para algo o no”. Ferrada regresó al día siguiente comentándole que hablará con el director Gustavo Meza para montar la obra.
Este hecho marcó un punto de inflexión en la vida de Radrigán: desde entonces no dejaría de escribir hasta el final de sus días. Testimonio sobre las muertes de Sabina se estrenó el 23 de marzo de 1979 en la Sala El Ángel, bajo la dirección de Gustavo Meza. Con la compañía de teatro Los Comediantes. El elenco estuvo compuesto por Arnaldo Berríos, en el papel de Rafael, y Ana González, interpretando a Sabina. Debido a la alta exposición pública de Ana González, tanto en teatro como en televisión, y siendo además la dueña de la sala, la temporada solo duró un mes, siendo interrumpida por consideraciones externas que calificaban el montaje como “demasiado político”.
Con este impulso, Gustavo Meza le habla sobre un trabajo que tenía en mente sobre Anastasio Somoza. La obra se llamaría “¡Viva Somoza!” Compuesta de 3 Tres cuestiones intrínsicamente perversas, dos escritos por Meza “Cuestión de descendencia” y “Cuestión de oportunidad” y la escrita por Juan titulada “Cuestión de ubicación”. La obra sale a la luz el 28 de marzo de 1980 en sala Bulnes, junto con la compañía Teatro Imagen con los actores: Jael Ünger, Tennynson Ferrada, Mónica Carrasco y Gonzalo Robles.
Tras las funciones de ¡Viva Somoza!, Juan Radrigán decidió emprender su propio camino como dramaturgo independiente.